martes, 2 de diciembre de 2008

Gran Colisionador de Hadrones

Un experimento de 6.000 millones de dólares

El CERN (Laboratorio Europeo de Física de Partículas) esta poniendo los últimos tornillos del acelerador de partículas LHC (Large Hadron Collider, o Gran Colisionador de Hadrones), el más potente construido en el mundo hasta la fecha.

Si pudiésemos entrar en plan turista al LHC, quedaríamos alucinados frente al tamaño de las enormes máquinas que forman los detectores de los experimentos.

Y no es para menos: en la construcción de este anillo propio de un gigante, de 27 kilómetros de perímetro, situado entre 50 y 100 metros bajo tierra entre Francia y Suiza, se han empleado unas cien mil toneladas de material. Esto es 10 veces el peso de la Torre Eiffel, restaurantes, tiendas y museos incluidos.

El último tramo de la obra implicó la colocación del último de los imanes. Estamos hablando del imán superconductor más potente del mundo, una pieza de 15 metros de alto y 1.400 toneladas de peso, que fue descendiendo cuidadosamente durante 12 horas por un pozo hasta una caverna a 100 metros de profundidad. Allí paso a formar parte de una maquinaria de 15 metros de alto y 20 de largo, con un peso de 12.000 toneladas. ¿Asombrado? Bien, es solo una de las cinco maquinas que forman parte del anillo, y ni siquiera es la más grande.

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HIKIKOMORI

El hikikomori es un adolescente, o joven, que se encierra voluntariamente en una habitación a ver tele y jugar con la computadora. Allí guarda lo necesario para sobrevivir y "entretenerse". El retiro de la vida social es gradual y el detonante suelen ser los fracasos afectivos o burlas.

Todavía cuesta encontrar tratamientos para solucionarlo, porque los padres prefieren esperar que su hijo decida él mismo regresar a la calle y porque es un trastorno nuevo: la bibliografía y los especialistas escasean. El hikikomori nace como fenómeno en Japón, pero se extiende rápido por América Latina. La cultura de la vergüenza toma como rehenes a muchas familias que eligen silenciar el problema.

La integración exige belleza, velocidad, inteligencia, actualización, corrección y una labor políticamente correcta. Y, a veces, da poco o nada al que fracasa cuando lo intenta. Esto lleva a que algunos jóvenes se den por vencidos de antemano. Encerrados por meses o años, suelen vivir con los padres hasta edades avanzadas, para estar más cómodos. Duermen de día y, por la noche, se levantan a ver la tele o a jugar con la computadora. La sociedad japonesa los ha denominado "solteros parásitos". El aislamiento es gradual: de a poco se encierran, pierden a todos sus amigos, y pasan a vivir de las cosas que imaginan, los programas de televisión, y lo que la computadora (e Internet) muestren del mundo. El miedo a la sociedad se despierta, a menudo, por fracasos que han vivido, como abandonos o desengaños de tipo amoroso, o burlas.

vergüenza. Con la consigna de que "los trapos sucios se lavan en casa", muchos de los padres de los hikikomori ocultan el encierro del hijo. Por eso, la estadística no arroja mucha luz sobre cuántos jóvenes padecen reclusión intencional. Es común que la familia espere que el joven regrese a la sociedad por voluntad propia; argumentan que quizá sea una etapa más del crecimiento o que no se les ocurre otra opción. Si van a obligarlo a salir, esperarán mucho tiempo. Entonces, cuando el hikikomori regrese a la sociedad, por decisión propia o porque lo han obligado, habrá perdido las habilidades sociales y le costará integrarse.

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